Las pandemias que fueron, antiguas cuarentenas y nuevas enseñanzas


La Cruz Roja traslada a víctimas de la gripe de 1918 en San Luis (Missouri)

La historiadora de la Medicina Ana María Carrillo Farga hace un repaso por antiguos contagios mundiales y cómo los países se organizaron para combatirlos y utilizarlos a su favor


Desde que el mundo es mundo ha habido enfermedad, pero las epidemias, como la que ahora vivimos, o algo parecido, se dan en poblaciones que pasan cierto tiempo en circunstancias anormales, por ejemplo, bajo la debilidad de una guerra, cuando los campos dejan de trabajarse y cunde el hambre. Y ahora, ¿por qué el aleteo del coronavirus en un pueblo de oriente ha ocasionado tal letalidad alrededor del mundo? ¿Cuándo se inventaron las cuarentenas? ¿Usan los Gobiernos las pandemias en su provecho? ¿Quiénes son los chivos expiatorios? ¿Está manipulado el miedo? Ana María Carrillo Farga es historiadora de la Medicina, experta en pandemias y profesora del departamento de Salud Pública de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Una charla con ella es como jugar a una suerte de Trivial historicocientífico.

Los días en el desierto

Quienes piensen que lo que ahora vivimos es excepcional deben saber que las cuarentenas existen desde los Estados venecianos del siglo XIV. Entonces se desconocía el periodo de incubación de las enfermedades (y muchas otras cosas de índole científica y sanitaria), de modo que se estableció un aislamiento arbitrario de 40 días, un número bíblico, en efecto, los que pasó Jesucristo en su travesía espiritual por el desierto. La peste eran el demonio por entonces. Las cuarentenas no solo aislaban al enfermo del sano, también impedían el desembarco de las naves que llegaban a puerto, y aun así la población se contagiaba misteriosamente… Solo a finales del XIX, con el desarrollo de la bacteriología (los virus aún eran pequeños para ser detectados con la tecnología disponible) el campo del conocimiento saltó de la Biblia a la ciencia.

La infancia de la globalización: dos teorías

Marineros y exploradores extendieron los confines del mundo y llevaron el comercio más allá de los estrechos horizontes que se vislumbraban por entonces. Las epidemias fueron en aquellos tiempos una herramienta de conquista, por ejemplo, la viruela en el proceso de colonización de Mesoamérica. Y tuvieron un papel determinante en la drástica caída de la población que se experimentó en los siglos XVI y XVII. Pero cuando no fueron útiles se buscó la forma de combatirlas. A finales del siglo XVIII había dos posiciones al respecto, dos escuelas: unos creían en la teoría del contagio entre personas y defendían el aislamiento (secuestro le llamaban, con razón). Estos eran los conservadores, los que no querían cambiar nada, solo controlar. Los españoles eran de estos, para proteger el comercio de sus colonias. En el otro bando estaban los que defendían la teoría miasmática, los ingleses entre ellos. Creían que de los cuerpos en descomposición, de las basuras, de las aguas residuales emanaban efluvios que enfermaban a la población al inhalarlos. Estos se inclinaban por el saneamiento de las ciudades y por la mejora de las condiciones laborales y domésticas como medidas más eficaces para la salud pública. Ambos tenían parte de razón; los segundos, si no en la causa sí en las consecuencias de unas urbes insalubres. Pero algo seguía escapándose al entendimiento: si la tripulación de un barco permanece aislada y no hay contacto entre personas ni circunstancias ambientales, ¿por qué la población en tierra acababa contagiándose? Faltaba un tercer elemento: los vectores, generalmente insectos, mosquitos, pulgas…

Una estrategia internacional

La salud empezó a ser cosa de todos oficialmente en 1851, en la primera reunión internacional que se celebró en París, todavía con un cariz muy europeo. En 1881 la cita fue en Washington. “Las primeras convenciones sanitarias buscaban proteger a los países y regiones de la llegada de epidemias, pero tratando de interferir lo menos posible en el libre comercio y el tránsito de personas”, dice Ana María Carrillo. La agenda de aquellos encuentros tenía otros objetivos secundarios, como impulsar la creación de organismos de salud en los Gobiernos de cada país o insistir en que en caso de pandemia lo conveniente era informar con transparencia a la comunidad internacional, así como la pertinencia del saneamiento de puertos y ciudades. Preocupaban especialmente aquellos años el cólera y la peste, que hacían estragos desde mediados del XIX y que fueron el detonante de estas cumbres sanitarias. Después sería la fiebre amarilla. Las dos guerras mundiales dejaron sus respectivos avances en este campo. Tras la primera, se creó la Liga de las Naciones con su área sanitaria y en 1948 nació la Organización Mundial de la Salud. México, Estados Unidos, Guatemala, Costa Rica y Uruguay ya habían fundado en 1902 la Organización Panamericana de la Salud (OPS) que, el tiempo andando, sería filial de la OMS. Todos estos organismos buscan respuestas coordinadas en tiempos de pandemia. En 1951 se redactó un primer reglamento sanitario internacional, reformado en 1969, que incidía en la no interrupción del tránsito de personas de forma radical. “Es parecido a lo que hace México hoy en día. Aquel documento decía que parar el comercio no detiene las epidemias”, señala Carrillo.

El peso del comercio

El equilibrio que han buscado, a la desesperada, muchos países en esta crisis del coronavirus entre la protección de la salud y la estabilidad en la economía tiene siglos de tradición. En aquellas reuniones internacionales de sanitaristas e higienistas del XIX tenían mucho peso las intervenciones políticas y empresariales, la diplomacia comercial. “Los comerciantes siempre trataban de ocultar las epidemias y los Gobierno también preferían evitar cierto pánico, así que las alarmas llegaban tarde para el control efectivo de la enfermedad, que se extendía más y más. Hubo que convencer de que la transparencia ayudaba al control y, por tanto, a la economía”. El comercio ya estaba globalizado y América Latina y el Caribe se incorporaban a ese negocio internacional cuando se atravesaba la segunda revolución industrial. México, por su parte, comienza un intercambio de mercancías muy desigual, pero fluido, con Estados Unidos. Como en tiempos de la conquista, las epidemias también se convierten en este siglo en una herramienta, en este caso de control comercial, para cerrar fronteras o estigmatizar a los países. “Texas tenía en cuarentena permanente a México para obstaculizar el comercio mientras los Estados Unidos miraban para otro lado argumentando que cada uno de sus Estados era soberano”, explica la profesora de la UNAM.
Un grupo de voluntarias de la Cruz Roja durante la gripe española en 1918.

Un grupo de voluntarias de la Cruz Roja durante la gripe española en 1918.GETTY IMAGES

El virus como arma arrojadiza

La política clásica de la OMS ha condenado la estigmatización de los países en los que se ubica el origen de una pandemia: el cólera asiático, el virus chino, la influenza mexicana, la gripe española… Hay dos buenas razones para ello. Lo primero es que los virus no son de nadie, “es difícil determinar donde empieza una pandemia, quizá donde acaba… En segundo lugar, señalar a un pueblo como el causante de la desgracia no contribuye a su erradicación, porque “si alguien se siente señalado o perseguido se esconderá ¿verdad? y eso impide un mejor control y freno en la transmisión de la enfermedad”. Pero los derechos humanos no suelen estar en en primer lugar en la agenda, y pocos se han resistido a utilizar las pandemias en beneficio propio. México, por ejemplo, tiene una triste historia de discriminación con la población china en su territorio, que no solo contribuyó al trazado de ferrocarriles y obras públicas, sino que se integró plenamente y se convirtió en una comunidad próspera. He ahí el pecado. “Siempre se les acusó de transmitir enfermedades. Incluso se acabó relacionando su color de piel con la fiebre amarilla, cuando solo tenía que ver con la ictericia que provocaba”. También se les atribuía la peste que se sufrió en México en 1092/1903 cuando ellos se demostraron indemnes. El gentilicio de la mortífera gripe española también es interesado. “Se trataba de evitar que cundieran el pánico entre las tropas, así que era mucho mas sencillo circunscribirla a España, ausente en la contienda”. Siempre ha habido chivos expiatorios, lo fueron los gais cuanto le VIH, las prostitutas en tiempos de la sífilis. El H1N1 que circuló por México en 2009 fue fatal para el comercio de la carne del cerdo en este país, que necesitó exhibiciones públicas de los políticos comiendo tacos para conjurar el miedo.

Manipular el miedo

Esta pandemia que ahora atraviesa el mundo se traslada en avión, lo que habla de un primer contagio entre gente pudiente y una segunda fase de contagio local que afectará a los más pobres en mayor medida, antes o después, como todas. “No siempre las pandemias tienen su origen en las clases superiores para pasar después a las más desfavorecidas. Hubo un tiempo que llegaban en ferrocarril o en barco con el traslado de la clase obrera, los migrantes. Por sus condiciones de vida y laborales, los pobres siempre acaban sufriendo más contagios y salen peor parados en la curación. Y eso les convierte en chivos expiatorios como los de capítulo anterior, porque acaba atribuyéndoseles el origen y la propagación de la epidemia. Esto también responde a intereses. Ana María Carrillo cita el ejemplo de México. “A finales del siglo XIX se dio la peste gris, transmitida por un piojo, y aunque hubo infectados de todas las clases, se manipuló el miedo contra los pobres, que seguramente resultaron más afectados. Se logro expulsarlos del centro de varias ciudades y se establecieron colonias de ricos, como las hoy famosas y acomodadas de la Condesa o la Roma, en la Ciudad de México, mientras que las clases bajas fueron desplazadas a la periferia.
Muy eficaces son también las pandemias para dirigir o controlar el comercio. La profesora Carrillo recela de esa “insistencia actual por criminalizar a los chinos” que ha circulado no solo en las redes sociales con humor más negro y más blanco, sino en boca de líderes políticos como Donald Trump, en cuyos discursos no se apeaba del “virus chino”. La insistencia con China, opina la profesora Carrillo, tendría en este caso que ver “con el auge del comercio en ese país, muy pujante en los últimos años. No me atrevo a señalar el origen de la pandemia, pero veo presiones comerciales en la denominación que se le ha dado. Históricamente se han usado las pandemias para frenar comercios florecientes. Ya lo hizo Estados Unidos con la fiebre amarilla, por ejemplo”.
Trabajadores médicos chinos de la provincia de Shandong participan en una ceremonia antes de abandonar Wuhan.

Trabajadores médicos chinos de la provincia de Shandong participan en una ceremonia antes de abandonar Wuhan.ROMAN PILIPEY / EFE

Enseñanzas para el futuro

Se decía al principio que las epidemias surgen cuando una sociedad está pasando por un mal trago, hambre, guerras, debilidad o todo junto. ¿Qué es lo que pasa ahora para que la Covid-19 se esté cebando con una población aparentemente sana y en perfecto desarrollo? La profesora Carrillo se suma a quienes opinan que “el neoliberalismo político” ha tenido que ver mucho en la transmisión y expansión del virus. “Por un lado, las sociedades están más empobrecidas debido a las crisis económicas recientes y eso es un caldo de cultivo para los contagios, como decíamos. En segundo lugar, los sistemas sanitarios públicos han sufrido con estas políticas durante mucho tiempo, han sido privatizados, se les han recortado recursos”. Eso es algo que no dejan de recordar en los países europeos y que está sirviendo a la pelea política en las últimas semanas. Es más, se tiene en cuenta que habrá los mismos contagios, de lo que tratan todos los países es de que no ahoguen sus hospitales, tan faltos de recursos. Carrillo Farga cita en tercer lugar la comorbilidad que se señala como un factor de riesgo añadido en la letalidad del virus. Enfermedades todas ellas muy relacionadas con un mundo en el que, sobre todo las clases pobres, han ido perdiendo la dieta tradicional para integrarse en el mercado de las calorías vacías, de los refrescos chispeantes para desayunar, comer y cenar. Obesidad, diabetes e hipertensión serán la puntilla para muchos de estos enfermos que han sucumbido a necesidades generadas antes de ofrecerles el producto. “Creo que esta pandemia resultará en beneficio de los sistemas sanitarios públicos. La enseñanza que dejará será que hay que reforzar a los Estados en los recursos y servicios para la salud pública”.

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