EL EGO EN LA FUNCIÓN PÚBLICACUANDO LA VANIDAD DESPLAZA LA ACCIÓN
En la política, el verdadero
liderazgo no se mide por la cantidad de discursos bien pronunciados, ni por las
fotografías publicadas en todas las redes sociales, ni por el número de elogios
que recibe este funcionario, ni por la cantidad de obras ejecutadas. El
liderazgo se demuestra con resultados, con capacidad de escuchar, con humildad
para corregir errores y, sobre todo, con acciones que mejoren la vida de la
gente sabiendo escuchar y que cuando se te necesite estes hay.
Sin embargo, en muchos espacios de
la administración pública sea gubernamental o municipal, se ha instalado una
peligrosa enfermedad llamada EXCESO DE EGO. Hay funcionarios que terminan
creyendo que el cargo les pertenece, que el reconocimiento personal está por
encima del compromiso con la ciudadanía y que la imagen importa más que el
servicio. Cuando el ego ocupa el primer lugar, el trabajo colectivo desaparece
y las soluciones a los problemas quedan relegadas a que terceros pudieran o no
ejecutarlas.
El funcionario dominado por el ego
suele rodearse de quienes siempre le dan la razón, le rinden pleitesía, rechaza
las críticas constructivas y convierte cada iniciativa institucional en una
oportunidad para alimentar su ego protagónico. Mientras tanto, las necesidades
de las comunidades más vulnerable siguen esperando respuestas concretas, no
promesas sin resultados porque quizás no hay nada de su interés en esas zonas.
Los ciudadanos no necesitan
autoridades que compitan por aparecer en los titulares; ni autoridades que les
vendan sueños, ni autoridades que les den una sonrisa o un abrazo cuando a él o
ella les conviene, necesitan servidores públicos capaces de gestionar
soluciones para todos sin inclusión. No
basta con inaugurar obras simbólicas o realizar actos protocolares si los
problemas fundamentales en las comunidades más vulnerables continúan sin
resolverse. La política pierde su esencia cuando se transforma en un escenario
para satisfacer ambiciones personales.
La grandeza de un servidor público
no consiste en imponer su voluntad, ni en andar con una escolta de lacayos detrás,
sino en construir consensos, escuchar a los distintos sectores no de manera
ficticia trabajando con verdadera eficiencia.
La historia demuestra que los líderes
más recordados no fueron aquellos que buscaron aplausos permanentes, sino
quienes dejaron un legado de obras, instituciones fortalecidas y mejores
oportunidades para la población, apoyándose y escuchando a los más vulnerables.
Es momento de recordar que los
cargos públicos son temporales, pero las consecuencias y el legado de una buena
o una mala gestión permanecen durante muchos años. El ego es pasajero; las
acciones transformadoras son las que realmente trascienden.
La ciudadanía tiene el derecho de
exigir menos arrogancia y más compromiso, menos confrontación y más capacidad
de gestión, menos culto a la personalidad y más vocación de servicio. Porque al
final del camino, los pueblos no juzgan a sus gobernantes por la grandeza de su
ego, sino por la grandeza de sus obras.
La política necesita funcionarios
que entiendan que el poder no es un privilegio para alimentar la vanidad, sino
una responsabilidad para servir con honestidad, eficiencia y humildad. Cuando
las acciones hablan más fuerte que el ego, la democracia se fortalece y la
confianza de la gente vuelve a florecer.
Me atrevo esta humilde servidora hacer una sugerencia a
esos funcionarios si creen les pueda
servir.
El ego que hoy usted
siente que lo hace invencible, conviene
recordarle una verdad que la historia repite una y otra vez: ningún cargo es eterno y ningún poder es
infinito. La soberbia puede conseguir aplausos momentáneos, lacayos
que le sirven, pero jamás sustituirá el respeto que se gana con trabajo,
humildad y resultados.
Escuche más de lo que hablas. Camine sus las comunidades vulnerables
antes de posar para las cámaras. Rodéese de personas que se atrevan a decirte
la verdad y no de quienes alimentan su vanidad. Recuerde que el pueblo no
necesita funcionarios que se crean imprescindibles; necesita servidores
públicos que entiendan que fueron elegidos para servir y no para servirse del
cargo.
Cuando termine su período, no serán los discursos, las
fotografías, ni las obras ejecutadas, ni
los elogios de ocasión los que hablarán por ti. Hablarán las obras que
construiste, las vidas que mejoraste y la huella que dejaste en la sociedad.
Porque
el ego puede hacerte sentir grande por un momento, pero solo el servicio convierte a una
persona en verdaderamente grande para siempre.
Finalmente
les dejo esta reflexión inspirada en el pensamiento del Prof. Juan Bosch:
"Cuando el ego se instala
en el poder, la razón se silencia, el diálogo desaparece y el servicio al
pueblo deja de ser una prioridad. Un verdadero líder no busca ser el más
importante; busca ser el más útil."
MERCEDES ROA,M.A
07/07/2026

Publicar un comentarioDefault CommentsFacebook Comments